El jardín que sembró todavía florece en cada uno de nosotros.
Rosa nació una mañana de otoño en un pueblo de chacras, la mayor de seis hermanos. Aprendió temprano a hacer mucho con poco: a remendar, a sembrar, a esperar la lluvia con paciencia y a reírse fuerte cuando por fin llegaba.
Fue maestra rural durante treinta y dos años. Cientos de chicos aprendieron a leer sentados en sus bancos, y muchos volvían de grandes, ya padres, a saludarla y a presentarle a sus hijos. A todos los recordaba por su nombre.
Amó su jardín como se ama a una obra que nunca se termina. Los domingos la casa se llenaba de nietos, de olor a pan y a rosas. Se fue en paz, rodeada de los suyos, dejando la mesa puesta para el que quisiera volver.
Momentos que su familia atesora.
Palabras que dejaron quienes la quisieron.
Abuela, cada rosa de tu jardín me habla de vos. Gracias por enseñarnos que la ternura también es fuerza.
Lucía, su nieta
Fue mi maestra en primer grado y nunca me olvidó. Le debo el amor por las palabras. Que descanse en paz.
Daniel, ex alumno
Sesenta años de amistad no se cuentan, se agradecen. Hasta siempre, querida amiga.
Marta, amiga de toda la vida
Lo armamos juntos, con la misma dedicación. Sin apuros.
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